La importancia en esa vida

La importancia en esa vida

Esa vida sufría. El “ser” era de género definible al gusto y contemporáneo al mundo actual, buscaba infructuosamente una desvinculación creyéndose diferente de la corriente social a la que se veia continuamente abocada sin darse cuenta que en su realidad, en su deseo de ejercer un cambio brusco en su timón interno y auto-proclamarse libre de la masa, no era más que otra gota de la corriente. Ése era un obstáculo oscuro, profundo y pesado que sumaba al total del sufrimiento de la vida, quizás incluso era el que mayor porcentaje acarreaba según el prisma, empuje y día con el que se observara.

Partiendo de una lucha interna por desvinculación y exaltación, el panorama era gris. La sociedad le había quitado el trabajo. Los ingresos eran nimios y finitos. Su vehículo anticuado, mejor que el de su hermano puesto que éste directamente ya ni tenía., ¿para qué, si tampoco trabajaba?, pero en cambio el puto vecino tenía un coche nuevo, uno de esos que valen para todo tipo de terrenos, un poco más altos para verlo todo desde un poco más de altura en la carretera y poder subir a la nieve o ir los fines de semana a hacer alguna “rutilla” o a alguna barbacoa en masía de familia o amistades, ¡que cabrón!.
El suyo era viejo y en nada acabaría de cascar el motor y lo más jodido es que sería imposible adquirir uno.

Mientras intentaba leer la letra pequeña del anuncio publicitario de un nuevo modelo de coche recién salido al mercado sospechosamente barato, en su televisor “Smart TV” comprado con su último finiquito, recibía notificaciones en su “ePonhe X” de los “me gustas” a vídeos que había colgado en su red social recientemente y a los que intentaba contestar con celeridad, pero su anticuada mierda de teléfono comprado hacía ya por lo menos dos o tres años, (ya iban por el ePonhe Z5), iba demasiado lento y tenía que cambiarlo puesto que dejaría de funcionar en poco tiempo, y con él no podría seguir viendo, compartiendo y lo peor de todo, seguiría haciendo el ridículo cada vez que lo sacaba en presencia ajena.

Encontrándose en cábalas de adquisición de nuevo teléfono que no costaría tanto como un coche y sobre todo en la mala suerte a la que se veía abocado, todo ello mientras comía el último bocado de su comida favorita sentado en el sofá de su casa, escuchó una noticia de última hora en la que el narrador con voz neutra y cara desolada informaba que hacía escasos minutos se había ocasionado un atentado en el país.
Dos horas mas tarde y digerido el “shock”, consultado en las redes sociales y publicado el malestar en el que se encontraba y su incondicional apoyo, atisbó un pequeño y fugaz sentido y lógica de realidad, en la misma red social que estaba compartiendo su malestar, al descender por el “timeline” temporal de su página, un anuncio publicitario le indicó la mejor tienda y el mejor precio para adquirir el nuevo ePonhe Z5 y fue en ése punto donde cayó en la cuenta de la estupidez humana al igualar en escala de importancia a su viejo teléfono con las vidas humanas.
Una hora más tarde el resultado final de ésa suma a la que había llegado dio como resultado que la vida era una mierda. Que decididamente a ella sólo veníamos a sufrir. Que la felicidad era inalcanzable “per se”, que el ser humano jamás llegaría a ser feliz por el simple hecho de ser humano..
Una semana después colgó el vídeo de sus vacaciones y varias fotos de comida que había preparado siguiendo recetas de un portal de vídeos.

Dos meses más tarde, recibió una llamada de madrugada. El equivalente a la Parca es el temido compañero de viaje en el inconsciente de nuestros días cuando a altas horas de la noche se escucha el teléfono avisándonos de una noticia al otro lado de la linea. Sus sospechas y temores eran ciertas. El fallecimiento de un ser próximo y amado. Sin tiempo a casi cambiarse de ropa, desapareció por el umbral de la puerta de su vivienda de alquiler en dirección al hospital.

Tres días más tarde, el teléfono móvil seguía escondido echo un ovillo entre las colchas de su edredón, donde cayó al ser lanzado por la precipitación de los acontecimientos. No tenía batería, nadie lo utilizó en tres días, no sonaron notificaciones, no se compartió ningún archivo multimedia. La casa estaba cerrada. El vehículo continuó aparcado en las cercanías del viejo hospital.

Ya no lloraba. Ya no sentía. Las dudas que se agolparon tras el suceso hasta el punto de asfixia, se habían ido diluyendo como las burbujas de gas del refresco que se estaba tomando en un bar a solas. Se miraba las manos y creía verlas algo más curtidas, más gastadas, más viejas. Reparó en su nueva antigua compañera, la soledad con la que se veía ahora. Preocupaciones pasadas ahora carecían de interés o verdadera preocupación. Teléfonos, móviles, trabajo, videoconsolas, pisos, parejas,.. ¡por favor, la puta vida de mierda!. El sufrimiento, estamos para sufrir.. Y entonces volvió a vislumbrar otra vez la realidad, pero ésta vez algo distinta, ya no miraba en el color que rodea el túnel, no enfocaba a adivinar los tonos monocromáticos en el que se acostumbra a etiquetar el transcurso de la vida, ésta vez buscó más profundamente, ahincó en el culpable del sufrimiento. En el significado del mismo y su sentido. ¿Venimos a sufrir?¿La vida es una mierda?¿Está todo hecho así y es “lo que toca”?¿Podemos luchar para cambiarlo?.

Salió del bar y volvió a dar un bandazo en su timón personal, comenzó a proyectarse como otra persona, otra mentalidad, otro individuo. En su grandilocuencia, su redundante afirmación del sentido de la vida, su afirmación suprema, se dijo que cambiaría su vida, que lo haría todo más fácil, más simple, se aprovecharía de la situación, de las oportunidades que se le brindaban a cada paso. Quizás todo fuera una mierda, obviamente, pero lo vería todo desde otro punto de vista. Se había convertido en otra persona. Tal vez, ahora sí, podría dejar de ser otra gota de agua realmente para abrir un pequeño riachuelo donde viajar con ventajas y desventajas pero siendo feliz.

Finalmente, llegó a su domicilio. Al abrir la puerta lo encontró todo revuelto debido al momento de estampida que se ocasionó cuando le llegó la noticia. Volvió a recordar y una sombra de tristeza y soledad le cruzó el rostro. Se sentó en el sofá y quedó frente a frente con el rostro reflejado en el televisor.
Tras media hora de nada absoluta, volvieron las fuerzas y ánimos de la nueva persona, del nuevo ser en el que había virado. Cual deportista que saca fuerzas de donde no las hay en los últimos minutos, se levantó esta vez con el rostro serio pero con un halo de decisión y entonces recordó que no tenía el teléfono móvil. Fue a la habitación recordando que lo había lanzado corriendo con las prisas y rebuscó por el edredón hasta encontrarlo. Estaba completamente apagado. Lo cogió y sosteniéndolo en la mano cayó en la cuenta que tenía que cargarlo.

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